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As lembranzas autobiográficas do duro paraíso: «As voces baixas», de Manuel Rivas. Crítica de Ángel Berlanga

O diario arxentino Página 12 publica unha recensión de Ángel Berlanga sobre As voces baixas, de Manuel Rivas.

 

 

El duro paraíso

La infancia y la aldea natal. Los recuerdos del duro paraíso del que proviene y que también explica el origen de la literatura en su vida, constituyen el centro de Las voces bajas, de Manuel Rivas, relato autobiográfico escrito en galego y traducido al castellano por el propio autor. De la posguerra a la crisis actual de España, una memoria áspera que a pesar de todo no desdeña una escritura luminosa.
“Gastón Bachelard definió el mundo pintado por Chagall como un ‘paraíso inquieto’ –escribe Manuel Rivas–. Yo no sabía entonces ni de la filosofía poética de Bachelard ni de la aldea en vilo de Chagall, pero conocí ese lugar de niño y en él crecí. Un paraíso donde los caballos de colores comían espinas, un paraíso duro, con nombre de batalla. Era Castro de Elviña.” En este sitio, una aldea en las afueras de A Coruña, en la ladera del monte, su padre construyó la casa familiar, con el dinero que juntó tras una temporada de trabajo de albañil en La Guaira, Venezuela. Por entonces Rivas tenía cinco o seis años: la colocación de la puerta coincidió con la gran nevada de 1963. Hay, de este sitio, el recuerdo de un murciélago que alguien sacó de un hórreo. Al bicho le pusieron un cigarro en la boca: que pitaba como un adicto, cuenta. Era gracioso ver su torpeza al volar, en la luz, y también eran cómicos los trazos humanos de su cara, su desconcierto. Entonces descubrieron, en la mirada ciega, el pánico. “Los animales ayudan a ver –anota Rivas–. Si hay un volar que ahora me hechiza, con el que me identifico, es el de los murciélagos. Fue un obsequio de la culpa. Esa forma del desarreglo absoluto, los giros imprevistos, la ruptura de perspectivas, el ser visible e invisible a un tiempo. Una ironía total de los sentidos. El presente alucinado.”

Infancia, adolescencia y primera juventud están en el presente alucinado que pinta Las voces bajas (As voces baixas en la versión original en galego que Rivas mismo tradujo al castellano), una novela anclada allá atrás en el tiempo pero desde acá, asunto obvio que este escritor y periodista nacido en A Coruña no necesita especificar. Ahí está la presencia, en cada cual, de las huellas de las personas cercanas, los primeros descubrimientos, las extraordinarias marcas invisibles del cotidiano, la persistencia de ciertos olores, frases, canciones, la música de una película, la cicatriz, la lección deforme que muta, los caminos del miedo, la alegría, la tristeza, la lengua. Epifanías en “una memoria que anda errante” y se agarra en varios tramos de la mano de María, su hermana, un año mayor: el compartido horror inaugural ante la visión de los gigantes cabezudos de los Reyes Católicos, la humedad de la casa, las lecturas. Algunos rasgos de la escritura hacen pensar en el murciélago: los giros imprevistos, la ruptura de perspectivas, lo relativo a la (in) visibilidad. El desarreglo con el que acuden los recuerdos. Me parece, en cambio, que la criatura no simpatizaría tanto con la luminosidad en la prosa, devenida de la cristalina, palpable carga afectiva, emotiva. Ha dicho Rivas que el libro “está hecho con el hilo de la ironía y el hilo de la lástima”. Eso implica humor, de un lado, pero no queja, del otro. Ni aun cuando las historias, hacia al final, se vayan cargando de sombras.

La veta autobiográfica nutre también el filón colectivo: el padre que tiene que emigrar a América ante la miseria de la posguerra, los maestros del régimen que imparten ante las imágenes de Jesucristo y de Franco, las elementales persecuciones ideológicas y las represalias, el camino del periodismo (Rivas formó parte de la redacción del semanario Teima, el primero que se editó en galego desde la Segunda República) y la desembocadura en la Transición, aquel tiempo “de esperanzas y engaños”. Este racconto no le hace justicia al murciélago, porque cada uno de esos temas arma parte de una figura junto al trazo de un vecino, el oficio de un familiar, los retratos de las mujeres que acarreaban bultos en la cabeza, el camino de una fiesta, la impresión indeleble de un suceso, alguna historia: la del humorista que fue preso por homosexual, la del maestro que ordenó la persecución de un compañero que huyó despavorido del aula, la de los poemas que le sirvieron para entrar a la primera redacción. O la clasificación que hacía su padre de qué podía ser un ignorante: aquel que no supiera los nombres de los árboles que tiene alrededor de su propia casa.

Rivas retrata infancia y aldea a partir de lo que llama la boca de la literatura: su madre recitando a Rosalía de Castro o incluso hablando sola, mientras teje; su padre cantando mientras levanta una pared o lava las herramientas; la asamblea vecinal de Castro de Elviña decidiendo que prefieren no ser un barrio de A Coruña, que mejor seguir aldea. Ahí pasa el murciélago otra vez: las voces bajas cuentan la historia con los movimientos de su vuelo, plantea Rivas, y lo contrapone con el relato escolar en tiempos franquistas, un ave rapaz que vuela en círculos sobre la presa hasta que usa las garras, la antigua expedición romana que desembarcó en ese sitio, una batalla napoleónica que ocurrió ahí en 1808, la barbarie desatada en 1936, las industrias contaminantes, la tierra arrasada. En el presente crítico de España, a diez años de la invasión a Irak patrocinada por Aznar, este libro y su título son todo un signo.

“Podría decir que mi madre llevaba por fuera la corriente de la conciencia –evoca Rivas–. Era un cuerpo abierto. Hablaba ella. Y en ella, otros. ¿Quiénes hablaban? En Esperando a Godot, hay un momento en que Vladimir y Estragon oyen las voces bajas de los muertos. Su sonido es como de alas. Como de arena. Como de hojas. Susurran. Crujen. Murmuran.” Habla aquí Rivas: primero en galego, también una voz baja, resistida, desterrada durante el franquismo, cascoteada de mil modos ahora, desde el neoliberalismo oficial. “No sabemos bien lo que la literatura es, pero sí que detectamos la boca de la literatura –escribe–. En los libros, en la vida. Esa boca raramente avisa antes de abrirse. Tiene la forma de un rumor. De un murmullo. Incluso puede estar cerrada, herida, y sentir cómo en ella enjambran excitadas las palabras. Puede ser una boca tuerta, pintada, voluptuosa, deshidratada. Puede ser escandalosa, incontinente, enigmática, malhablada, balbuceante. Lo que no puede querer es dominar.”

Ángel Berlanga

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